26 de diciembre de 2011

El poder de las mujeres



La mayor parte de las culturas del planeta son patriarcales, esto es: son sociedades en las que los hombres poseen unos privilegios que las mujeres no tienen y en la que ejercen un dominio total o parcial sobre las mujeres, los niños, las niñas, los seres vivos y la naturaleza.

Las mujeres, a nivel individual y como clase social dominada, hemos tenido todo tipo de reacciones ante el poder masculino: por un lado la sumisión en diferentes grados, por otro, la lucha abierta contra la opresión. Y es que, aunque no nos lo cuenten en la escuela, han sido muchas las pequeñas y grandes rebeliones de mujeres, individuales o en grupo,  que han tenido lugar a lo largo de toda la Historia de la Humanidad. 


En la actualidad, el planeta entero está lleno de mujeres que están luchando por los derechos para todas, y afortunadamente, son cada vez más los hombres que están apoyando políticamente esta lucha contra la discriminación y la violencia de género. En estas últimas décadas son muchas las que hemos tomado conciencia acerca de la importancia de luchar por nuestros derechos como mujeres, y han podido empoderarse gracias a las leyes y a los cambios sociales, políticos y económicos que han favorecido la igualdad en algunos países.

Este empoderamiento femenino está siendo personal y político: en el campo del amor muchas están aprendiendo a decir no a los malos tratos y a las relaciones basadas en la dominación o en las luchas de poder. Muchas están aprendiendo a tomar decisiones en torno a su vida, y a sus necesidades. Muchas están defendiendo los derechos sexuales y reproductivos de todas, para que la maternidad sea una elección y nuestros cuerpos no sigan siendo mercancías, como mandan el capitalismo y el patriarcado.

También estamos empoderándonos en el ámbito político y social. A mi no me parece que sea un gran avance que las mujeres presidan bancos, empresas o naciones si lo hacen al modo masculino, ya que por muy mujeres que sean las estructuras democráticas y capitalistas son masculinas, y el margen de maniobra para cambiar esta estructura patriarcal es mínimo. O sea, que me alegraría más ver el poder no representado por un hombre o una mujer, sino ejercido por la ciudadanía.

Helen Fisher afirma que la forma de organizarse de muchas mujeres en el planeta está basado en la creación de redes de ayuda mutua, en la cooperación, en la horizontalidad. Pero la realidad es que las presidentas, directoras y jefas de nuestras sociedades “democráticas” están solas ahí arriba. Y que la mayoría de ellas no se preocupan por acabar con la desigualdad de género; es el caso de la Presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, que no se casa con los valores feministas ni tiene en sus prioridades trabajar por la Igualdad.


Siempre he pensado que el poder compartido, el poder del grupo, es mucho más interesante que el poder individualizado. Es decir, me emociona mucho más ver a las Mujeres de Negro manifestándose contra las guerras, o a las Abuelas de Plaza de Mayo denunciando al régimen dictatorial, que la subida al poder de mujeres relevantes. Que Isabel la Católica gobernara durante unos años no creo que significase el fin del machismo en la España de la época; era una excepcionalidad, más bien, que confirmaba la regla. Nadie más patriarcal que ella.

Herederas suyas son las españolas Esperanza Aguirre, Ana Botella, Cospedal, Santamaría, Rato, Fabra, etc. Todas ellas mujeres de derechas sin ninguna solidaridad con el resto de las mujeres; todas ellas al servicio de los mercados y no de la ciudadanía. Se le cae a una el alma al suelo pensando en que son mujeres tan o más patriarcales que los hombres de su partido político. 



Son muchas las mujeres que han tenido poder, tanto individual como colectivamente. Durante la Edad Media muchas monjas fueron intermediarias del poder dentro de la Iglesia; otras ejercieron enorme influencia en el mundo mercantil. En el 1400 algunas mujeres pertenecientes al mundo islámico del Imperio Otomano eran dueñas de tierras y barcos. Durante el Renacimiento europeo, una cantidad importante de mujeres autodidactas y cultivadas  contribuyeron al desarrollo del movimiento artístico e intelectual que recorrió Europa, aunque sus aportes han sido ninguneados o apropiados por sus maridos o padres.

Las teorías feministas han llevado a cabo minuciosas revisiones de ideas científicas que hasta ahora parecían verdaderas e inmutables, como la teoría occidental de que la dominación del hombre sobre la mujer es universal. Desde este proceso de crítica y revisión, y a la luz de nuevas investigaciones, han surgido nuevos modos de comprender las relaciones entre los géneros en las diversas culturas de la Tierra, tanto las que aún existen como las que desaparecieron. Hay autores y autoras que afirman, por ejemplo, que la jerarquía no es una cualidad única, monolítica, que pueda medirse de una sola manera (en términos foucaltianos, el poder se mueve en todas las direcciones). Otros aseguran que el dominio absoluto de los machos, si implica poder sobre las hembras en todos los aspectos de la vida, es un mito.

Según un estudio de la antropóloga Susan Rogers, en las sociedades campesinas contemporáneas en las que los hombres monopolizan todas las posiciones de prestigio y autoridad, las mujeres suelen tratarlos con deferencia cuando están en público, pero en la intimidad poseen una gran influencia informal. Rogers entiende que a pesar de los alardes y actitudes masculinas de poder, ninguno de los dos sexos considera realmente que los hombres dominan a las mujeres, y llega a la conclusión de que el poder entre los sexos está más o menos equilibrado. 


Para  la antropóloga norteamericana Helen Fisher, el aporte fundamental de estos estudios fue demostrar que las mujeres de muchas otras culturas tradicionales eran relativamente poderosas hasta la llegada de los europeosAntes del movimiento feminista de los años 70, los antropólogos norteamericanos y europeos simplemente daban por sentado que los hombres eran más poderosos que las mujeres y en sus investigaciones reflejaban sus convicciones. Por ejemplo en el caso de los aborígenes australianos, los estudios posteriores reflejaron que ningún sexo domina al otro, un concepto que aparentemente resultaba inconcebible para los eruditos occidentales” 
 (Helen Fisher, 2000).






















Antes de que Colón desembarcara en el Caribe, antes de que los misioneros franceses cruzaran a remo los grandes lagos de Norteamérica, antes de que el capitán Cook arribara a Tahití, antes de que los europeos se introdujeran en África, Australia y el Ártico, las mujeres de muchas sociedades aborígenes poseían bienes e información que podían vender, trocar o regalar. Las mujeres hopis, blackfoot, iroquesas y algonquinas de Norteamérica contaban con un sustancial poder económico. Las mujeres pigmeas del Congo tenían autoridad dentro de sus comunidades, al igual que las balinesas, las semang, las polinesias, las indias tlingit, mujeres de las islas Trobiand, y mujeres de regiones de los Andes, África y el Caribe. 



Muchas de ellas tenían un estatus económico y social considerable. (Etienne y Leacock, 1980; Dahlberg, 1981; Sacks, 1979). 

Las mujeres navajo forman parte de una comunidad matrilineal (aproximadamente el 15% de las sociedades humanas son matrilineales, es decir, trazan su ascendencia por vía femenina). Son las que heredan las propiedades familiares, curan medicinal y espiritualmente a sus semejantes, y gozan de un enorme poder económico y social. Su deidad más poderosa es femenina, “la Mujer cambiante”.

Las investigaciones de Martin Whyte, que exploró el Archivo del Área de Relaciones Humanas, (un avanzado banco de datos que contiene información sobre más de 800 sociedades) y otras fuentes etnográficas, fueron muy importantes por varias razones. En primer lugar, acabaron con el mito del matriarcado como sistema de poder semejante al  patriarcal, pero revelaron la existencia de sociedades igualitarias. 

Este es un tema muy controvertido porque hay autores y autoras que sí defienden la idea de que han existido y existen sistemas matriarcales, especialmente en las culturas prehistóricas cuando todo apuntaba a que los hombres no tenían ningún papel decisivo en la reproducción.

En segundo lugar, demostraron que muchas mujeres tenían poder e influencia en unas áreas y en otras no, pero que eso no significaba que estuvieran sometidas en todas las sociedades.

El estudio lo realizó basándose en la investigación de 93 culturas preindustriales. De ellas, un tercio eran cazadores-recolectores nómadas, otro tercio granjeros labriegos, y el último de agricultores y/o ganaderos. El espectro de pueblos estudiados iba desde los babilónicos en el 1750 a.C. hasta las culturas tradicionales modernas. Gracias a estos resultados se vio que el equilibrio de poderes entre hombres y mujeres era polifacético y variable en intensidad. Según Helen Fisher (2000), Whyte no encontró ninguna sociedad donde las mujeres dominaran a los hombres en la mayoría de las esferas de la vida social.

“El mito de las mujeres amazonas, las historias de matriarcas que gobernaban con puño de terciopelo eran solo eso; mitos e historias. En el 67% del total de culturas (principalmente en el caso de los pueblos agricultores) los hombres parecían haber controlado a las mujeres en la mayoría de los ámbitos de actividad. En una cantidad importante de sociedades (30%) hombres y mujeres parecían haber detentado jerarquías equivalentes, en especial en el caso de los pueblos dedicados a la horticultura y en el de los cazadores-recolectores. Y en el 50% del total de las culturas, las mujeres tenían mucha más influencia informal de la otorgada por las reglas de la sociedad. Aun en las sociedades en que las mujeres tenían varias propiedades y ejercían considerable poder económico, no necesariamente contaban con derechos políticos amplios o influencia religiosa, lo que demuestra que el poder en un sector de la sociedad no se traduce siempre en poder en los demás ámbitos. Estados Unidos es el paradigma: en 1920 las mujeres lograron el derecho al voto y su influencia política aumentó. Pero continuaron siendo ciudadanas de segunda clase en lo laboral. Whyte demostró asimismo que no existe nada parecido a una posición social femenina única, que tampoco existe en el caso de los hombres”.
 Helen Fisher.


Entendiendo que el poder tiene múltiples dimensiones y que la sumisión también puede ser una fuente de poder sobre el dominador, los  teóricos de ambos sexos han puesto el acento en otras variables como son las socioeconómicas, las raciales, laborales, psicológicas, etc. La mayor parte de ellas se han dado cuenta de que la variable de la edad es sumamente importante a la hora de valorar el poder femenino en todas las culturas de la tierra. Además, en muchos rincones del planeta a las mujeres mayores se las considera “parecidas” a los hombres, según la antropóloga Judith Brown (1982).

Numerosos estudios demuestran que en casi todas las culturas las mujeres, al llegar a la madurez, alcanzan la independencia, el dinero, las propiedades y las relaciones que les dan poder económico y prestigio. En nuestras sociedades, por ejemplo, las mujeres maduras poseen mayor esperanza de vida y mayor capacidad adquisitiva. Un dato importante, según Helen Fisher, para la industria  y la política, pues se calcula que para 2020 el 45% de los votantes norteamericanos serán personas mayores de 55 años, y mayoritariamente mujeres.

Pero no solo las mujeres ancianas tienen poder e influencia, sino que ha habido, y hay, muchas mujeres empoderadas en las diferentes culturas de la Tierra. La diferencia con el poder patriarcal está en nuestra capacidad para empoderarnos juntas. Incluso en sociedades no patriarcales, las mujeres no han ejercido el poder bajo la violencia o la imposición a la fuerza de un sistema político y económico de signo matriarcal. Los grupos de mujeres más comunes no son jerárquicos, sino horizontales: este fenómeno se da porque desde siempre hemos sabido trabajar unidas y nos hemos organizado para lograr objetivos comunes.


En contra de la estereotipada imagen que muestra a las mujeres como malas compañeras de trabajo
(envidiosas, competitivas, autoritarias y chismosas), la realidad es que se nos da muy bien coordinar en red y trabajar en equipo. 
Cuando hay hambre las mujeres hacemos ollas comunales en las que cada una aporta lo que puede para que coma todo el pueblo, cuidamos de los bebés de nuestras amigas y hermanas, compartimos saberes y recursos, nos enseñamos unas a otras, nos apoyamos y nos organizamos contra las guerras y la violencia, por la tierra y el agua, por el derecho a la maternidad libre, por el derecho a tener salarios dignos, por el derecho a votar, a la libertad de movimientos, a la ciudadanía plena.


 Gracias a esta capacidad para organizarnos y defender nuestros derechos, hemos logrado cambiar la legislación democrática de muchos países, despertar la conciencia en mucha gente,  y hemos logrado, también, que se unan los hombres igualitarios a nuestras luchas, cada vez más plurales e inclusivas: las alianzas entre mujeres árabes y católicas, mujeres indígenas, mujeres afrodescendientes, mujeres transexuales, mujeres ecologistas, mujeres sindicalistas, mujeres lesbianas, mujeres discapacitadas, mujeres migrantes, mujeres campesinas, mujeres empresarias, etc se están traduciendo en una mejora de la calidad de vida de las poblaciones. Luchando todas juntas por los derechos humanos con este enfoque de género podremos crear un mundo más igualitario, sin discriminaciones por razón de edad, género, orientación sexual, etnia, religión, capacidades, etc.

 Por esto el empoderamiento femenino no consiste en que unas pocas mujeres lleguen a tomar el poder; se trata de cuestionar ese poder para transformarlo y para trabajarlo colectivamente, en pro del bien común.


Coral Herrera Gómez 




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25 de diciembre de 2011

Otras masculinidades



La masculinidad es una construcción que varía según las zonas geográficas, las etapas históricas, la organización sociopolítica y económica de cada cultura. Hoy quería hablaros de dos culturas pacíficas e igualitarias, la tahitiana y la semai, donde la identidad masculina no está tan marcadamente construida en oposición a las mujeres. No son las únicas culturas no patriarcales, pero David Gilmore, antropólogo que ha estudiado en su obra los diferentes tipos de masculinidad, admite que no son muy numerosas en nuestro planeta.
 Sin embargo, pienso que su simple existencia demuestra que hay otras formas de ser hombres y mujeres, otros conceptos en torno a la virilidad que no están construidos sobre la base de oposiciones característica de nuestra forma de pensar occidental. Es decir, existen virilidades que no se construyen con el rechazo a la feminidad como trasfondo ideológico.


VIRILIDADES NO HEGEMÓNICAS: TAHITÍ Y LOS SEMAI DE MALASIA


El primer contacto con Tahití se remonta al siglo XVIII, con la expedición capitaneada por Cook. Desde las primeras visitas de los europeos, la cultura tahitiana ha despertado la curiosidad occidental, sobre todo a causa de su informal tratamiento de los roles sexuales. La mayoría de los visitantes se fijó en la extraña ausencia de diferenciación sexual en los papeles que desempeñaban en la isla. Por ejemplo, el marinero John Forster (1778) observó que las mujeres tahitianas gozaban de una condición notablemente alta y que se les permitía hacer todo lo que hacían los hombres. Había jefas con verdadero poder político, algunas mujeres dominaban a sus maridos; todas las mujeres podían participar en los deportes; incluso las había que practicaban la lucha con adversarios masculinos. En general las mujeres iban y venían a su antojo, conversando “libremente con cualquiera, sin restricciones”, cosa que extrañaba a los occidentales.

Según el estudio llevado a cabo por Levy (1973), las diferencias entre los sexos en Tahití no están muy marcadas, sino que son más bien borrosas o difusas.

“Los varones no son más agresivos que las mujeres, ni las mujeres más tiernas o maternales que los hombres. Además de tener personalidades similares, los hombres y las mujeres también desempeñan papeles tan parecidos que resultan casi indistinguibles. Ambos hacen más o menos las mismas tareas y no hay ningún trabajo u ocupación reservados a un solo sexo por dictado cultural. Los hombres cocinan de forma habitual. Además, no se insiste en demostrar la virilidad, ni se exige que los hombres se diferencien de algún modo de las mujeres y los niños. No se ejerce ninguna presión sobre los muchachos para que corran riesgos ni se prueben a sí mismos, ni se les obliga a ser diferentes de su madre o hermanas. La virilidad no supone pues ninguna categoría importante, ni simbólica ni de comportamiento”.

En la cultura de Tahití, los varones no temen actuar de un modo que los occidentales considerarían afeminado. Por ejemplo, durante las danzas, los hombres adultos bailan juntos en estrecho contacto corporal, y la mayoría de los varones va a visitar a menudo al homosexual del poblado (el mahu).  El mahu del poblado es un transexual que ha elegido ser mujer honoraria. Es una figura parecida al berdache de los indios americanos, o el wanith de los omaníes musulmanes. Al mahu se le tiene un gran respeto; viven como las mujeres, baila y canta con ellas, tiene voz afeminada y entretiene a los hombres y los muchachos ofreciéndoles sodomía y felaciones. La mayoría de los hombres tahitianos se relaciona abiertamente con el mahu  sin que eso les cause ningún problema, y además, suelen asumir el papel pasivo en las relaciones con el mahu.



Los hombres tahitianos contestaban a las preguntas de Levy diciendo que no hay diferencias generales entre el hombre y la mujer en cuanto a carácter, pensamiento, características morales o dificultades en la vida. El afeminamiento, según Levy, se acepta como un tipo corriente y general de la personalidad masculina. Los muy machos se consideran extraños y desagradables.  Se espera de los hombres no sólo que sean pasivos y complacientes, sino que ignoren los agravios. No hay concepto del honor masculino que defender ni venganza que llevar a cabo. Incluso cuando se les provoca, es raro que lleguen a las manos. Turnbull (1812) afirmó al estudiarlos: “Su carácter es extremadamente pacífico… nunca ví a un tahitiano fuera de sí durante toda mi estancia”. Está prohibido entre ellos agredir y tomarse la revancha, aunque se sientan estafados.

Otras características de esta ideología de la virilidad son:

-          El idioma tahitiano no expresa gramaticalmente el género. Los pronombres no indican el sexo del sujeto ni del objeto, y el género no desempeña ningún otro papel en la gramática. Casi todos los nombres propios tradicionales se dan tanto a las mujeres como a los varones.
-          Los tahitianos no hacen ningún esfuerzo para proteger a las mujeres ni para repeler a los intrusos extranjeros. De hecho, lo cierto es todo lo contrario, para gran escándalo y deleite de los observadores occidentales.
-          Los tahitianos no cazan, ni hay ocupaciones excesivamente peligrosas o agotadoras que se consideren masculinas. Hay pesca abundante de agua dulce y la tierra es muy fértil (todo el mundo tiene lo suficiente o lo arrienda por una suma muy pequeña), tienen animales domésticos y no existen la pobreza extrema ni los conflictos económicos.
-          En la sociedad tahitiana no hay luchas ni guerras. La economía más que competitiva es cooperativa, pues las familias se ayudan entre sí tanto en la pesca como en la recogida de las cosechas. Se alegran con subsistir y no se esfuerzan por acumular bienes. Lo auténticamente tahitiano es no trabajar con esfuerzo, lo que sorprende al occidental que los ve como perezosos.





LOS SEMAI: Según David Gilmore (1994), es un pueblo muy parecido al tahitiano en su falta de esquema respecto a los sexos. Son una etnia pacífica que sufrió una serie de incursiones de pueblos malayos, más numerosos y de tecnología más avanzada, y que por ello adoptó la política de huir en vez de luchar (Dentan, 1979). Son uno de los pueblos más tímidos de la tierra; y además están racialmente muy mezclados, producto de décadas de mestizaje casual con los malayos, los chinos, y cualquiera que pasara por sus enclaves selváticos.

Los semai creen que resistirse a las insinuaciones, sexuales u otras, de otra persona, equivale a una agresión contra esa persona. Punan es la palabra semai que designa cualquier gesto, por muy discreto que sea, que haga sentir rechazo o frustración a otra persona. Esto podría atraer sobre el poblado el castigo de los espíritus, que prohíben cualquier comportamiento incorrecto.

Para evitar la catástrofe, los semai siempre acceden mansamente a las peticiones y proposiciones. Del mismo modo, un hombre o una mujer no pueden acosar indebidamente a otro para tener relaciones sexuales. Evidentemente, los semai no sienten celos sexuales y el adulterio es endémico. De las relaciones fuera del matrimonio dicen: “Sólo es un préstamo”.


Las prohibiciones de herir los sentimientos de los demás suelen equilibrarse, por lo cual el comportamiento sexual en los poblados semai resulta generalmente conciliatorio, ya que es guiado por normas de extrema cortesía. Sin concepto de honor masculino o de derechos paternos que los inspiren, los varones semai no hacen ningún esfuerzo para impedir esa mezcla. Tampoco hay consecuencias negativas para los frutos de violaciones: todos los niños ilegítimos nacidos así son amados y bien atendidos, ya que los semai no pueden soportar que se desatienda a los niños.

La personalidad semai se asienta en una omnipresente imagen de sí mismo estrictamente no violenta. Ellos afirman que nunca se enfadan, e incluso alguien que esté evidentemente enojado lo negará categóricamente. Las discusiones a gritos están prohibidas porque los gritos “asustan a la gente”. Si alguien se siente contrariado por las acciones de otro, simplemente se aleja o pone mala cara. Si una disputa no puede solucionarse sin resentimientos, uno de los antagonistas dejará el poblado. Los semai no tienen competiciones deportivas ni concursos en los que alguien pueda perder o incomodarse. Nadie puede dar órdenes a otro, ya que ello “le frustraría”.

Los semai no hacen distinción entre un dominio público masculino y otro privado femenino. No hacen ningún esfuerzo por recluir o proteger a las mujeres, y el concepto occidental de intimidad les es desconocido. Por ejemplo, negarse a que alguien entre en su casa se considera un acto de extrema hostilidad. El concepto de “lo mío” no tiene ningún significado para ellos. Le dan poca importancia a las posesiones materiales y al individualismo. Disponen de abundante tierra para cultivar y todos cooperan en el trabajo. No existe la propiedad privada, ni de la tierra, ni de los bienes de consumo. Si alguien no tiene tierra para cultivar, puede pedir un trozo a un amigo o pariente: se le entrega con mucho gusto.




A los varones les gusta cazar con cerbatanas impregnadas de veneno, y con trampas, y además sólo cazan animales pequeños. Si topan con algún peligro, salen corriendo. Al parecer, las cerbatanas son un símbolo fálico de su virilidad. La ecuación arma = pene, adoptada también por los bosquimanos y otros pueblos pacíficos, parece universal en los pueblos cazadores.

Pero no hay culto a la masculinidad, como tampoco lo hay en la cultura tahitiana. Los semai tienen animales domésticos, sobre todo gallinas, pero no se atreven a matarlos cuando están criados, por lo cual los intercambian o los venden a chinos o malayos. Saben que ellos los matarán pero prefieren no pensar en ello. Pescan también, tanto hombres como mujeres.

Uno de los aspectos más interesantes de la población semai es que la división sexual de las labores se hace en virtud de preferencias, y no de obligaciones o de prohibiciones. Las mujeres participan en los asuntos políticos en la misma medida que los hombres, pero suele haber menos jefas de poblado. A los hombres se les permite ejercer de parteros (ayudan a las mujeres en los partos). Es decir, no hay reglas rígidas. Todos y todas pueden elegir hacer aquello para lo cual se sienten mejor dotados sin recibir crítica alguna.



Fuentes bibliográficas: 


1)      Gilmore, David D.: “Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad”, Paidós Básica, Barcelona, 1994.
2)   Conell, R.W: “The men and the boys”, Polity Press, Cambrigde, 2000. 



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Los Semai - una cultura de pacifismo




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CITAS SOBRE LA MASCULINIDAD



17 de diciembre de 2011

Amor libre y Poliamoría




“Es una locura querer reducir el amor a una ecuación o limitarlo a una forma única de expresión. Aquellos que lo intentaron se dieron cuenta bien pronto de que habían equivocado el camino. La experiencia amorosa no conoce fronteras. Varía de individuo a individuo”.

Émile Armand; La vida sensual, la camaradería amorosa
  
De pequeñas aprendimos que lo normal es que el amor erótico se limite a una sola persona del sexo contrario. Es cierto que en la época de guardería  los adultos ríen cuando decimos que tenemos varios novios o varias novias, como si fuese una extravagancia infantil; pero pronto se nos enseña que el deseo sexual y la intimidad solo se comparten con uno. Lo demás es etiquetado como promiscuidad, adulterio o traición, y pronto comprobamos que transgredir las normas de la monogamia en nuestra sociedad tiene un coste muy alto. 

12 de diciembre de 2011

La Pasión en nuestra cultura occidental





"El amor, más que un poder elemental, parece un género literario. Porque el amor, más que un instinto, es una creación,". 
José Ortega y Gasset, filósofo.


Aprendemos a amar a  través de los cuentos que nos cuentan en la infancia, los relatos de la adolescencia, las novelas, las películas y los musicales. Las historias de amor occidental están contadas bajo el esquema de nuestra estructura mental basada en la dualidad de los elementos opuestos: día/noche, blanco/negro, femenino/masculino, etc. , por eso la pasión amorosa está inevitablemente ligada a la fusión de la vida con la muerte. El orgasmo pasional se desata con las contradicciones que se desatan entre el deber y el querer, el dolor y el amor, el deseo y el placer, el sufrimiento y la sublimación. 

La mayor parte de las historias pasionales son breves e intensas porque a pesar de su belleza y fuerza, acabarán siendo destruidas por la muerte o la imposibilidad. Y es que en nuestra cultura, la pasión está ligada a la idea de lo tormentoso, esa mezcla explosiva entre la felicidad y la obsesión, la locura transitoria, la borrachera de placer el amor sin medida, el amor no correspondido, el amor salvaje e "irracional".

Cuando nos sumergimos en esas historias dramáticas, sufrimos y disfrutamos a partes iguales, somos sado y masoquistas. Somos las escritoras de nuestras propias historias, el otro o la otra es el segundo narrador, y juntos/as construimos una película llena de orgasmos infinitos, infiernos bañados en lágrimas, desencuentros y discursiones tormentosas, borracheras de amor, éxtasis líricos, felicidades absolutas, miedos y reproches, rotura de muros de contención, paraísos artificiales, estrategias de todos los colores, y ese nicontigonisinti que tanto nos excita. 

Cuando vemos películas también sufrimos, porque deseamos que los protagonistas estén juntos, pero no pueden por una serie de obstáculos (están casad@s con otra persona, sus familias se odian a muerte, su relación es incestuosa, o provienen de razas, religiones, idiomas distintos, o clases sociales diferentes). 

El caso es que siempre hay un motivo para que la pasión sea breve, pero muy intensa. Piensen que si los Capuleto y los Montesco comiesen juntos paella todos los domingos, Shakespeare no hubiera tenido una historia que contar llena de dramatismo. Romeo y Julieta se hubiesen casado felizmente y no habría trama, ni superaciones, ni separaciones ni reencuentros, ni dolor, solo dos adolescentes afortunados que vivirán juntos por el resto de sus días, aunque sea echándose los trastos a la cabeza o sucumbiendo ante el paso del tiempo, la rutina, el aburrimiento, la incomunicación, las infidelidades, el peso de la convivencia... 



Al tener prohibido optar por la felicidad conyugal  y el hogar estable, ellos acaban trágicamente con su vida; querían estar juntos por encima de todo y no soportaban la separación. Si la historia nos conmueve es porque amor y eternidad están relacionadas con la liberadora muerte; los amantes, encegados, no ven nada más, no le encuentran sentido al vacío de sus vidas sin el amor del otro. Y protestan porque no les dejan estar juntos. Castigan a sus familias, les privan de su presencia en el mundo para que se sientan culpables por haberles separado. Tenían una fe ciega en su amor, y querían ir más allá de una realidad que no les gustaba, como en la mayor parte de las historias del Romanticismo que tendrá lugar en el siglo XIX.

Los psicológos hablan del "Efecto Romeo y Julieta"  característico de nuestros patrones románticos:  cuantos más obstáculos tiene una pareja para unirse, más intensa y emocionante será la historia, más deseo suscitará en el otro, más se aviva la llama de la incertidumbre y el desasosiego, el reto de la conquista, la recompensa con premio por esperar, aguantar o por luchar contra los obstáculos. 


Uno de los mayores afrodisíacos de nuestra cultura es la necesidad que nos entra de alcanzar lo imposible. Por eso nos enamoramos de quien no nos conviene, nos obsesionamos cuanto más pasan de nosotr@s, nos volvemos locos y locas por aquello que no podemos tener. Porque cuanto más lejos está, más lo mitificamos.

ç

Y es que a los humanos y las humanas nos gusta mucho sufrir; nos viene de la cultura cristiana ese gusto por el derramamiento de dolor, lágrimas, pena, angustia, nostalgia, exhibido sin pudor ante el público. Por eso la pasión tiene ese trasfondo teatral que toma su máxima exponencia en las telenovelas latinoamericanas.





¿La pasión existe o la creamos nosotr@s?


Sobre la cuestión de si la pasión forma parte de la condición humana de manera natural, o si es una estructura narrativa, existe una gran controversia entre los y las investigadoras. 

La idea de que hemos aprendido a amar a través de los relatos, con los que nos hemos transmitido generación tras generación unas estructuras amorosas determinadas, es difícil de admitir sin más. Nos cuesta pensar que estamos condicionados por esquemas que se instalan en nuestro inconsciente. Porque un@ cuando se enamora no siente a la cultura sobre sí, no siente que está casi programado/a para sentir todo lo que va a sentir. 

Esos esquemas emocionales están ya incorporados a nuestro organismo, a nuestra personalidad, a nuestro lenguaje, a nuestro arte, a nuestro deseo. Incluso aunque nuestra ideología y nuestra filosofía de vida no sean capitalistas ni patriarcales, aún así, las emociones están hechas a su medida. Creo que resulta tremendamente difícil escapar de los mitos aun cuando poseamos toda la teoría anti-romántica del mundo. 



Entonces hay autores que defienden la idea, como De Rougemont, de que la pasión  es una creación literaria que proviene del mito del amor cortés surgido en la Edad Media, de la que toda nuestra cultura es heredera. 

También Peter Dinzelbacher defiende la idea de que el amor fue un “descubrimiento” de los habitantes del siglo XII. 


Clara Coria (2005) explica que en pleno inicio del siglo XXI es posible encontrar infinidad de vestigios de las épocas medievales «que solo aparentemente quedaron enterrados en las sombras de la historia pasada. Vestigios que muy pocos/as reconocen porque han sido meticulosamente aggiornados con una cosmética de dudosa calidad». 


Es fácil ver esos vestigios medievales en las bodas que se celebran por la Iglesia, o en mitos como el de la princesa esperando en su castillo al otro mito, el príncipe azul.


PASIÓN UNIVERSAL


Hay autores y autoras que defienden, en cambio, la idea de que la pasión amorosa es un fenómeno universal. 

Peter Dronke  investigó las  numerosas raíces culturales de la pasión en la literatura latina, popular y árabe, anteriores al amor cortés de la Edad Media.

Ya en el segundo milenio antes de Cristo las canciones de amor de las mujeres de Egipto mezclan el amor apasionado con el matrimonio. (…) Tal vez gran parte de lo que nos parece una innovación no es más que la plasmación sobre el papel (o el pergamino) de unas ideas  y unos sentimientos que llevaban mucho tiempo presentes en la sociedad pero que raramente o nunca habían sido expresados. Hay que tener mucho cuidado a la hora de hacer generalizaciones acerca del “descubrimiento” del amor en la Edad Media”, afirma en esta misma línea Leah Otis-Cour (2000).

También Clara Coria (2005) defiende que el amor romántico es un sentimiento tan antiguo como la Humanidad,  y se remite a los mitos más arcaicos: “Los pueblos de todos los tiempos han dejado múltiples registros del amor entre las personas a través de sus libros sagrados, textos filosóficos, poemas épicos, tragedias, comedias, novelas y tradiciones orales”. Según Coria, lo único que ha cambiado es su forma de concebirlo y de expresarlo; cada época ha desarrollado su propia idiosincrasia amorosa. 



Yela (2002) explica que existen testimonios de la existencia de poemas, canciones y fábulas amorosas en las antiguas civilizaciones no occidentales como en la India y en Mesopotamia. En el antiguo Egipto hay testimonios de la existencia del fenómeno amoroso, por ejemplo el poema que Ramsés II dedica a su esposa preferida, Nefertiti.

La única,....la amada sin par 
la más bella de todas ...mirala... 
Es semejante a la estrella brillante 
al comienzo de un año feliz. 

Ella es resplandeciente de 
perfección ..radiante su piel 
y encantadores sus ojos 
cuando miran. 

Dulce es el habla de sus labios 
sin decir palabra inútil 
largo es su cuello y luminosos sus pechos 
con una cabellera de auténtico lapislázuli. 

Sus brazos superan el esplendor del oro 
y sus dedos como cálices de loto. 
Lánguidos son sus muslos 
y estrecho su talle. 

Sus piernas soportan su belleza 
su grácil paso roza los suelos 
y con sus movimientos captura mi corazón.´ 

´Oh, mi sabroso vino.... mi dulce miel tu boca... 
tus palabras me deleitan 
tus labios.... tus besos me enloquecen 
ven, mi amada hermana´



Definición de Pasión

Los medievales denominaron a la pasión acedía o amor heroico, enfermedad que deja al hombre embobado, y “tan alterado está el juicio de su razón, que continuamente imagina la forma de la mujer y abandona todas sus actividades, tanto que, si alguno le habla, apenas logra entender, y puesto que se sumerge en una incesante meditación, se define como angustia melancólica” 
Lilium Medicinale de Bernardo Gordonio (1285).

El término del amor apasionado, amour passion, fue acuñado por Stendhal, e implica una conexión genérica entre el amor y la atracción sexual. El amor apasionado se caracteriza por un estado de extraordinariedad y de fuerte implicación emocional con el otro que puede llegar a desarraigar al individuo de su mundo porque “genera un caldo de cultivo de opciones radicales así como de sacrificios. Por esta causa, enfocado desde el punto de vista del orden social y del deber, es peligroso” (Giddens, 1995, siguiendo a Stendhal). En la mayor parte de las culturas ha sido considerado como un fenómeno subversivo, porque altera el orden social y la vida cotidiana.






La vida y la muerte


Decíamos al principio que el amor pasional es trágico porque necesariamente ha de acabarse de forma abrupta. Una película, por ejemplo, que cuente la forma de laguidecer o la agonía de la relación amorosa a manos del tiempo es lo más aburrido que nos pueden contar, y de hecho, nadie lo hace. 

Lo interesante de la pasión es que se asesina la propia historia de amor, bien por parte de uno o dos de los dos implicados, bien por causas externas ajenas a la voluntad de ambos. Su importancia radica en que ese amor exacerbado y ciego no es eterno, es absoluto en sí mismo y está alimentado por la imposibilidad y el deseo, tensiones contradictorias entre sí, que estallan en un maremagnum de emociones.

Por eso a veces la pasión muere cuando se satisface el deseo. La pasión es cazadora, guerrera y dominadora; la angustia del amante pasional es no poder poseer nunca del todo a su amante, por eso eterniza el instante. El tiempo para el amor pasional se congela y se vivifica; esa sensación de irrealidad es lo que provoca precisamente la adicción, la dependencia, la obsesión y la locura… por eso el amor pasional envilece a las personas, según De Rougemont (1939): 

El amor es una amarga desposesión, un empobrecimiento de la conciencia vacía de toda diversidad, una obsesión de la imaginación concentrada en una sola imagen; y a partir de entonces el mundo se desvanece, “los demás” dejan de estar presentes, no quedan prójimo, deberes, vínculos que se mantengan, tierra ni cielo: estamos solos con todo lo que amamos”. 

El “intoxicado por amor” es, para De Rougemont, un ser degradado cuyos sentidos se embotan, su lucidez se debilita y acaba idiota.




Sentimos demasiado



El lenguaje científico contemporáneo ha explicado la pasión como un síndrome  relacionado con la química del cerebro: los niveles altos de dopamina están asociados con una motivación intensa y unas conductas dirigidas a unos objetivos, así como a la ansiedad y el miedo. Helen Fisher (2004) afirma que la naturaleza fue demasiado lejos en lo que se refiere a las emociones humanas:

“Sentimos demasiado. La razón reside probablemente en el tamaño de la amígdala humana, una región de forma almendrada situada en un lado de la cabeza, por debajo de la corteza, que es el doble que el de la amígdala de los simios. (…) Esta región cerebral desempeña un papel fundamental en la generación del miedo, la rabia, la aversión y la agresión; algunas de sus partes también producen placer. Con esta capacidad cerebral para generar emociones fuertes y a menudo violentas, los humanos podemos unir nuestro impulso de amar con un enorme repertorio de sentimientos”.

Esos repertorios nos son facilitados a través de los relatos que nos han llegado desde los albores de nuestra cultura. En la Antigüedad griega, por ejemplo, el amor y la pasión aparecen como temas fundamentales de la lírica griega desde sus orígenes. De la época helenística heredamos la tragedia o novela sentimental,  según Lourdes Ortiz (1997):

“El amor para los griegos es dios o semidiós, fuerza poderosa que con sus dardos sorprende al hombre o la mujer y los arrebata. Una especie de posesión, un trance, un desequilibrio que debe deshacerse para que el hombre o la mujer recobren la calma, calma que se recobra en el abrazo. Pero el amor es soberano y perturba con su dulce dardo a los mismos dioses que en las primitivas teogonías, se muestran caprichosos e insaciables: Zeus toma mil formas para poseer a aquellas que desea: es lluvia de oro, nube, toro furioso, águila que rapta a Ganímedes. Hombres y mujeres indistintamente son presas de un Eros voluble, que tira sus dardos al azar, sin importarle el sexo ni la condición de aquel que es atacado: hombre que ama al hombre, mujer a la mujer, viejo que ama al niño, doncella que tiembla ante el joven mancebo”.

La alegría de los primeros poetas líricos, compartida por hombres y mujeres va dejando paso en la sociedad griega a un enfrentamiento trágico entre el logos y la pasión. Uno representa el orden y el otro el caos; la mujer será representada como el símbolo de ese caos irracional, esa pasión salvaje. Eurípides, por ejemplo,  representa a las mujeres como brujas capaces de manejar extrañas hierbas y cultos extranjeros. 

Para Ortiz (1997) la grandeza de la tragedia griega es que nos ha dejado para siempre esos personajes femeninos inolvidables, fuertes y quebradizos a un tiempo, capaces de amar y de llorar, pero reflexivos; son seres que aman y piensan: “desde la más fiera y salvaje como Medea, hasta la más gallarda como la Antígona de Sófocles”.


El desasosiego desconocido que tortura a Cloe, la virgen-niña, pastora ingenua, que siente el despertar de su cuerpo ante la belleza del cuerpo desnudo de Dafnis, su amigo, su camarada; una historia contada por Longo en el siglo II d.C. Otra historia de Amor es la de Leandro y Hero, escrito por Museo en el último tercio del siglo V d. J.C. 

Según Ortiz, todos sus protagonistas pasan a integrarse en el imaginario del amor en Occidente y serán recuperados una y otra vez en poemas, versiones, relatos y homenajes a lo largo de los siglos, “proporcionando, como las Heoridas de Ovidio (historias de amantes desdichadas), no sólo materia de relato y ejemplo, sino principalmente imágenes, metáforas, marco incluso para el desarrollo de la pasión, sobre todo a partir del Renacimiento, pero también en la Edad Media”.




En Roma sus grandes poetas líricos, como Ovidio o Virgilio, volverán a las fuentes una y otra vez para construir una mítica del amor,  “entronizando al niño alado y creando los modelos y las imágenes cuajadas de sensualidad y vigor, de los que se nutrirá un buena parte de la literatura amatoria en Occidente”. Ovidio, experto en artes amatorias, elabora en el Ars Amandi, una especie de manual para enamorados y enamoradas.

Absolutismo político y desenfreno amoroso: la pasión del siglo XVIII




Después del amor cortés, y antes del Romanticismo, en el XVIII se da una etapa denominada   la época galante. en la que se exalta la pasión y la lujuria, según el historiador Eduard Fuchs (1911). Durante  el siglo del absolutismo el amor se convirtió en galantería, en un juego erótico que puede remodelarse ilimitadamente: “Todas las modalidades posibles de veneración no eran sino refinadas modalidades de juego.”

Fuchs cuenta que en aquel siglo la lubricidad será socialmente permisible:No se la reconoce oficialmente como virtud pero se la ideologiza al servicio del supremo fin de la vida, “el disfrute del placer. Ese objetivo la justifica. La opinión común no hace de la ramera una cloaca pública sino una consumada experta en el amor; para el esposo o la amante, la mujer infiel o la amante es tanto más picante cuanto más infiel”.



La omnipotencia sociopolítica y económica de los hombres les permitía vivir exclusivamente del capricho de sus deseos, por eso las mujeres acabaron convirtiéndose en esclavas del capricho y el deseo masculino: “La más loca extravagancia contra natura terminó por convertirse en norma generalmente admitida: el hombre transformó a sus esclavas el derecho de señoría y les sirvió como esclavo”.

De este modo, el masoquismo se erigió en ley universal del amor.

La pasión del siglo XVIII era muy teatral, consistía en unos ritos y unos patrones de seducción que hacía disfrutar mucho a los amantes, porque estaban basados en el humor, el ingenio, la ambigüedad, el juego de palabras, la ironía, la fluidez del verbo, y la simpatía personal. A las mujeres se las lisonjeaba con palabras seductoras, y todos los hombres se esforzaban en hacerlas sentir especiales y únicas: “A cada una había que decirle y probarle que era ese ser espléndido capaz de acelerar el fluir de la sangre, etc. Todas y cada una de las mujeres se tenían y debían tenerse a sí mismas por reinas. (…) La verdad y la franqueza eran sustituidas por la cortesía y una adulación más o menos acusada de acuerdo con las circunstancias” (Fuchs, 1911).

Con las mujeres, toda conducta masculina tiene un marcado acento erótico; esto es lo que precisamente distingue la época de la galantería con todas las demás épocas, según Fuchs. También Julián Marías (1994) afirmará que el amor galante va a ser principalmente erótico, sensual e ingenioso, como lo demuestra la literatura de la época.

En este siglo son frecuentes en las novelas los amores fracasados e infelices, “y no por mala suerte o presión de las circunstancias, sino sobre todo por carácter o falsedad de las relaciones o de los sentimientos”.  El paradigma es “Las Amistades Peligrosas” (Les Liaisons dangereuses), de Choderlos de Laclos. 


Esta novela supuso la aparición de la primera doña Juana en el género literario, pues “su representación teatral aún era inconcebible por la provocación directa que suponía personalizar en público el peor vicio femenino”. La marquesa, junto con el conde Valmont, representa el Don Juan absoluto: “Primero fueron amantes, luego asociados y finalmente enemigos al planificar al modo castrense sus respectivas aventuras eróticas; ambos personajes constituyen, por encima de su común apetito sexual, dos cabezas aunadas para pensar, razonar, planear, polemizar y ejecutar el arte de perseguir, cazar, burlar y herir a muerte tanto a hembras como a mujeres, elegidos conjuntamente”. (Elena Soriano, 2000).

Lo más impresionante de esta novela según mi punto de vista es la perversión del disfrute, el modo en que los dos amantes exacerban su lujuria para aumentar su intensidad. Es un maravilloso juego de luchas de poder, es una guerra contra el amado, es una forma de espolear las brasas de un amor que como no tiene obstáculos excepto la rutina y el aburrimiento, se los inventa, aun a costa de destrozar la inocencia de los demás personajes. 

De las dos cabezas, la más importante, la que dirige y organiza las estrategias amorosas respectivas es la femenina, según Elena Soriano. Mientras que Valmont muere arrepentido y perdonado por su víctima más virtuosa, como el don Juan romántico, la marquesa de Merteuil mantiene íntegra su condición de señora respetable hasta el final, cuando la realidad le pone un límite a la tremenda hipocresía social de la época. Como casi todas las heroínas, la marquesa es castigada al final por su desviación, por su lujuria, por sus estrategias amorosas. Hay autoras que creen que el castigo final fue añadido quizás por Laclos en un vano intento de que su libro fuera aceptado por la alta sociedad. 



La diferencia entre ambos protagonistas es clara: el libertino Valmont nunca pierde su prestigio social, es perdonado por su última víctima, muere en un duelo honorable, rodeado de comprensión hacia sus errores y de compasión por su mala suerte; mientras que su genial cómplice, al ser descubierta, termina sus días no sólo cubierta de desprecio social, sino que le ataca la viruela. Son los dos peores castigos que podía concebir una mujer seductora de alto rango, con lo cual su creador, según Soriano, “riza el rizo de la ejemplaridad”. La marquesa de Merteuil, acaba siendo castigada por su actitud frívola y cruel, por su falta de ingenuidad con respecto al amor, por sus juegos malévolos que destrozan corazones ajenos.



En esta novela, el amor es, según Lourdes Ortiz, un “ejercicio de la mente, sometida a principios, controlable y dirigida, un ejercicio de salón que requiere reflexión, cálculo y estrategias. (…) En la apuesta mutua de la marquesa y el vizconde, en esa extraña relación de amantes satisfechos, entregados a juegos de seducción para avivar o renovar los placeres, quedaba excluido el amor, entendido por ambos como debilidad u ofuscación de la razón; por tanto, informe sentimiento que debía ser despreciado. Ambos construyen una ética del goce, edificada sobre el puro razonamiento. Cuanto más refinado, complejo y perverso, más satisfactorio”.




Otro paradigma fundamental de esta época es el Marqués de Sade, para el que la pasión no es más que un apetito egoísta, impulso natural que hay que dejar oír y que no admite la emoción ni el sentimiento. Sade despoja al amor de toda su inocencia, pero también de la profunda hipocresía con que las personas se aman. Condena al amor como una construcción represiva, delirio de la insatisfacción, producto de la continencia y de todo tipo de represiones

Para Sade no importan las personas, sólo cuenta el deseo, que es móvil y cambia velozmente de objeto:

 “¿Qué es el amor? No se puede considerar, me parece, que sea algo distinto del efecto resultante de  las cualidades de un objeto hermoso sobre nosotros; esos efectos nos transportan, nos inflaman; si poseemos esos objetos, estamos contentos; si nos es imposible obtenerlos, nos desesperamos. ¿Pero cuál es la base de ese sentimiento? El deseo. ¿Cuáles son las consecuencias de ese sentimiento? La locura. (…) Todos los hombres, todas las mujeres se parecen; no hay amor que resista a los efectos de una reflexión sana. ¡Oh que idiotez es esa borrachera que, absorbiendo en nosotros el resultado de los sentidos, nos pone en tal estado que ya no vemos nada, no existimos más que para ese objeto adorado! ¿Es eso vivir? ¿No es más bien privarse de todas las dulzuras de la vida?¿No es querer permanecer en una fiebre ardiente que nos absorbe y nos devora, sin dejarnos más felicidad que la de los goces metafísicos, tan similares a los efectos de la locura?... Unos pocos meses de goce, que acaban colocando al objeto en su verdadero lugar, nos hacen enrojecer al pensar en el incienso que hemos quemado en sus altares y no llegamos siquiera a concebir entonces cómo pudo seducirnos hasta ese punto”.

Por esta razón, Sade logra que sea la razón la que dirija y ordene el placer, plagado de perversión. Su literatura es una pedagogía de la pasión según la cual todo puede enseñarse y todo puede aprenderse. En Sade las actitudes sádicas y sumisas demuestran que el deseo está imbricado con el poder, y que de lo que se trata es de erotizar al cuerpo dominándolo, transformándolo, rompiendo su pureza. El goce de Sade es más mental que físico, y está revestido de crueldad. 

El siglo XIX, sin embargo, dará un cambio radical mitificando e idealizando el amor como el medio para alcanzar la belleza y el conocimiento...

Coral Herrera Gómez


Otros artículos de la autora: 

EL MITO DE DON JUAN


El placer del sufrimiento


El amor cortés


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